
Todo cuadro es una nueva búsqueda, y cuando sale, es una aportación al mundo del arte. Cada lienzo nuevo es una aventura, aunque no se trate de un libro de leyendas; es una ilusión por el resultado.
Intento recoger todo lo que hay a mi alrededor y llevarlo a mis propios sentimientos o a lo que mis ojos o mi mente quieren ver.
En pintura, cada raya, cada color que sobra, interpone una especie de muro entre la obra y el espectador. Se trata de un proceso de quitar lo superfluo.
Cada obra presentada es un mundo diferente, recuerdos, que a su vez se ligan entre sí. He querido que por un instante el observador deje de ser él mismo para volverse línea, mancha de color y armonía esfumada que en su interior recobra el perfil de la imaginación.
Colores expresivos, arriesgados y vivos, que se expanden en amplias veladuras o se cierran en manchas compactas despertando una cierta frescura en las obras.
El colorido y la vistosidad del paisaje resultan inigualables, de allí que haya intentado acercarme a ellos. Son colores majestuosos que capturan y atrapan la vista de todo aquel que se pare a contemplarlos.
La naturaleza hierve de tantos sucesos como en ella ocurren.
Desde la más modesta esquina de un huerto, hasta los grandes bosques de las montañas; desde el borde de una playa, aún cuando esté cuajada de bañistas, hasta la profundidad de los océanos.
Todo está lleno de los síntomas de la principal característica de este planeta: ¡La vida!.
Y la vida es color, forma y estructura y es movimiento.
Siempre me ha impresionado la grandiosidad del paisaje. Si te paras a contemplarlo, te das cuenta que cada momento que pasa a cambiado, se ha transformado casi sin darte cuenta. Cada ráfaga de viento, cada rayo de luz junto con el paso del tiempo hace que este paisaje se transforme y varíe tanto en forma y textura como en color.
Carolina Gayán Secorún.
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